MUJERES Y DROGAS
El incremento del número de mujeres reclusas está estrechamente relacionado con el creciente fenómeno del tráfico y consumo de drogas, así como también con las deplorables condiciones económicas de la mujer, sin olvidar los cambios relacionados con la legislación.
La edad de la mayoría de las mujeres oscila entre 25 y 35 años. Las mujeres reclusas tienen como principales características el haber enfrentado con anterioridad a la cárcel, condiciones de extrema necesidad económica y discriminación por razones de género
La falta de una adecuada instrucción, formación y oportunidades en el ámbito laboral, empujan a estas mujeres a encontrar en la delincuencia su modo de vida. Por otra parte, mediante la comisión de delitos como el tráfico ilegal de drogas, obtienen el dinero necesario para subsistir y/o subsidiar las cuotas de drogodependencia.
Teniendo en cuenta que la mujer que cometió delitos de droga cumple su pena en el mencionado centro de reclusión, debería prepararse progresivamente para el reingreso a su medio social. Conociendo la situación socioeconómica y la motivación a delinquir de la mujer en estudio, uno de los aspectos básicos es que la mujer culmine la escolaridad para que no se someta a dicho igreso penitenciario.
Se considera que la resocialización; reeducación y rehabilitación representan los fines teóricos de la pena privativa de libertad y forma parte esencial de la reinserción social.
PORQUE DELINQUEN LAS MUJERES
En los últimos años se observa cada vez con mayor transparencia cómo el “delito”, como conducta jurídico-penalmente prohibida, es de carácter contingente, es decir, que en cada sociedad existen delitos que, además, como producto histórico que son, van evolucionando en cantidad y calidad a través del tiempo. El delincuente es parte de la estructura social, por la simple razón de que la criminalidad lo es. La criminalidad es un fenómeno sociopolítico y no un conjunto de actos delictivos individuales.
En el caso de las mujeres delincuentes, el cambio más importante ha sido el de considerar o no, algunas conductas como delitos. Un ejemplo de ello es la prostitución, que dependiendo del enfoque que se le dé, considera a las sexo-servidoras como delincuentes, víctimas o sobrevivientes.
De todos los síndromes psiquiátricos relacionados con los cambios hormonales de las mujeres, el síndrome premenstrual o trastorno disfórico premenstrual ha sido, con mucho, el más estudiado y vinculado a la delincuencia; sin embargo, sigue siendo el menos conocido. Se discute incluso si realmente es un síndrome o si, por el contrario, se trata de varios subgrupos de trastornos. La investigación realizada a la fecha se ha hecho en grupos muy reducidos y se basa en informes retrospectivos de las propias mujeres, por lo que no puede considerase que las muestras sean representativas de la población total de mujeres que cometen delitos.
Surgen posturas distintas que explican por qué la mujer llega a la conducta antisocial:
1) Como forma inconsciente de rebelión: La mujer delinque porque es su forma de protestar contra la sociedad que la relega.
2) Fracaso en la socialización: La mujer llega al delito por la desobediencia y la promiscuidad sexual, producto de fallas en su socialización que la “enferman” y le impiden cumplir con lo que se espera de ella.
3) Desviación de su “rol”: La mujer que delinque sufre de una “desviación de su rol normal”, aunque al hacerlo opte por conductas muy relacionadas con el papel que desempeña en la sociedad y en cada cultura.
4) La mujer que delinque se “masculiniza”, postura que confunde los conceptos de masculinidad y de desviación en el ámbito de las conductas femeninas.
Al hacer una revisión histórica de la relación entre “locura” femenina y crimen, analizar la delincuencia femenina se cae en el uso de términos como “locura” o “maldad” y así se califica a las mujeres que se atreven a romper con roles de género tradicionales,estos estereotipos cumplen una función en una sociedad patriarcal: logran que las mujeres se queden limpiando sus casas y cuidando a sus hijos. De la misma manera es funcional estereotipar a los barrios de afroamericanos: perpetuar el mito de que esta población no contribuye en nada a la sociedad americana.
Las mujeres se les puede controlar mejor etiquetándolas como “simpáticas”, lo que concuerda con el control social informal, que en ellas es más efectivo. De ahí que las mujeres requieran de menor control social formal que los hombres.
La integración cada vez mayor de la mujer al mundo de la delincuencia se ha traducido en su participación en una amplia gama de delitos, dejando atrás los tiempos en que cometía sólo los típicos ilícitos femeninos de infanticidio o prostitución.
Los procesos de control social incluyen: internación, socialización, educación, presión del grupo primario, opinión pública, y acción de todas las agencias formales especializadas, como la policía, la ley y otros poderes del Estado. Dichos procesos intervienen en dos niveles: el educativo-persuasivo (representado por instituciones como la familia, la escuela, la iglesia, etc.), en el cual se produce la “interiorización “de las normas y de los valores dominantes, y el del control secundario o represivo, que actúa cuando surgen comportamientos no conformes con las normas aprendidas.
Determinados grupos de mujeres son mucho más susceptibles de ser encarceladas que los hombres que se encuentran en situaciones análogas. Las adolescentes desobedientes o que se fugan de su casa, las que son sexualmente activas o que se han quedado embarazadas en contra de los deseos del marido o del padre y las madres “inadecuadas”, son más vulnerables a la intervención estatal que los hombres promiscuos o que agreden de algún modo a los miembros de su familia.
El problema de la criminalidad femenina es mucho más complejo que como se describe en la literatura en general, en la que se minimiza la relevancia de las experiencias de vida de las mujeres delincuentes. De acuerdo con diversos autores, las niñas y las mujeres que transgreden la ley pueden ser en igual medida, víctimas y victimarias, puesto que la violencia es una característica común en su trayectoria de vida .
Se inicia con una sencilla falta de respeto, una mentira o cierta manipulación, que con el tiempo, se tornan insoportables aunque sólo para la mujer puesto que, por lo general, el grupo social en el que se dan no reacciona ante tales circunstancias. Así, estos actos se transforman progresivamente en verdaderas conductas perjudiciales, que tienen graves consecuencias para la salud psicológica de las víctimas pues al no tener éstas la seguridad de que serán comprendidas, callan y sufren en silencio.
1. Derecho al trabajo: derecho a trabajar, a una remuneración satisfactoria y salario mínimo, a jornada de trabajo razonable, condiciones equitativas e igual salario por trabajo igual.
2. Derecho a un nivel de vida adecuado.
3. Derecho a la seguridad social.
4. Derecho a la salud y la asistencia médica.
5. Derecho a la vivienda.
6. Derecho a la educación.
7. Derecho a la cultura.
El confinamiento de estas mujeres viene a ser un proceso de marginación secundaria que se deriva de otro de marginación primaria. Ciertamente los sectores marginales empobrecidos, son los más susceptibles de ingresar a los circuitos de la justicia y son los que aparecen sobre representados en las estadísticas de la población confinada.
Es incuestionable pues, que la exclusión –no la pobreza- genera mayores cuotas de violencia social, pues ella misma constituye una violencia estructural. La falta de respuesta ante la exclusión hace ilusoria cualquier prevención primaria de la delincuencia femenina.
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